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ECONOMÍA

6 de septiembre de 2026

La nueva pirámide social argentina: el 52% de los hogares está en los sectores bajos

Más de la mitad de los hogares argentinos se encuentra entre la pobreza y la clase baja no pobre. No es una transición pasajera ni una simple diferencia estadística: es la consolidación de una sociedad empobrecida, con una mayoría sin margen para ahorrar, afrontar imprevistos o proyectar una mejora.

La nueva fotografía social de la Argentina expone una realidad que los promedios suelen ocultar: la mayoría de los hogares vive en los escalones inferiores de la estructura económica. Una estimación de Consultora W correspondiente al segundo trimestre de 2026 ubica al 30% de los hogares en la denominada clase baja no pobre y a otro 22% directamente debajo de la línea de pobreza. En conjunto, ambos grupos representan el 52% de los hogares del país.


No se trata de una minoría vulnerable ni de un sector marginal. Es más de la mitad de las familias argentinas.

En el extremo opuesto, apenas el 5% de los hogares integra la clase alta, identificada como ABC1. Para ingresar en ese segmento se necesita, según la medición privada, un ingreso familiar neto de alrededor de $9 millones mensuales, mientras que el promedio de ingresos de ese grupo alcanza los $14 millones. La clase media alta representa otro 17%, con un piso cercano a $4,5 millones y un ingreso promedio de $6,5 millones.

La estructura resultante es brutalmente desigual: el 78% de los hogares se concentra entre la clase media baja, la clase baja no pobre y la pobreza. Apenas el 22% restante pertenece a los segmentos medio alto y alto.

La pirámide social no se está ensanchando en el centro. Se está hundiendo hacia abajo.

El promedio que maquilla la realidad

Uno de los datos más engañosos del informe es el ingreso promedio de los hogares argentinos, estimado en torno de los $3,5 millones mensuales netos.

Ese número no representa a la mayoría. En una sociedad con ingresos tan concentrados, el promedio funciona como una cifra tranquilizadora que oculta la distancia entre quienes tienen capacidad de consumo y quienes apenas logran sostener los gastos básicos. En las mediciones difundidas previamente, correspondientes al primer trimestre, el ingreso promedio era de $2,8 millones y el 78% de los hogares estaba por debajo de ese valor.

La conclusión es directa: la mayoría de las familias gana menos que el promedio nacional. El dato no describe una sociedad próspera, sino una sociedad en la que una minoría empuja las cifras hacia arriba mientras millones de hogares quedan rezagados.

El INDEC confirma esa concentración. En el primer trimestre de 2026, el organismo registró un coeficiente de Gini de 0,442, superior al 0,435 del mismo período de 2025. Además, la mediana del ingreso per cápita familiar del decil más rico fue 15 veces superior a la del decil más pobre.

No es una diferencia menor. Es una fractura social.

Cómo queda formada la pirámide

La estimación de Consultora W divide a los hogares en cinco estratos socioeconómicos.

La clase alta, equivalente al segmento ABC1, representa aproximadamente el 5% de los hogares. El ingreso necesario para ingresar en ese nivel ronda los $9 millones mensuales y el promedio del segmento llega a unos $14 millones.

La clase media alta, identificada como C2, concentra al 17% y tiene un piso de ingresos cercano a $4,5 millones, con un promedio estimado de $6,5 millones.

La clase media baja, o C3, representa aproximadamente el 26% de los hogares. El ingreso necesario para ingresar en ese nivel se ubica alrededor de los $2,5 millones y el promedio ronda los $3 millones.

Por debajo aparece la clase baja no pobre, que representa el 30% de los hogares y registra ingresos familiares promedio de unos $2,2 millones.

Finalmente, el 22% de los hogares se encuentra en situación de pobreza, según la clasificación utilizada por la consultora, con un ingreso familiar promedio cercano a $1 millón mensual. La línea de pobreza utilizada como referencia para un hogar tipo se ubica alrededor de $1,5 millones.

El dato central no admite eufemismos: 52% de los hogares está en los dos escalones inferiores de la pirámide. La mayoría de las familias argentinas no está consolidada en la clase media ni tiene capacidad de ahorro. Está sobreviviendo en el límite.

La pobreza oficial no alcanza a describir toda la crisis

El INDEC no utiliza las categorías de Consultora W. El organismo oficial mide pobreza e indigencia comparando los ingresos de los hogares con el costo de la Canasta Básica Alimentaria y la Canasta Básica Total.

El último informe oficial disponible corresponde al segundo semestre de 2025. Allí el INDEC registró que el 21% de los hogares y el 28,2% de las personas estaban debajo de la línea de pobreza. La indigencia alcanzaba al 4,8% de los hogares y al 6,3% de las personas.

Pero la estadística oficial tampoco debe utilizarse para minimizar el cuadro. Que el dato de Consultora W no sea idéntico al del INDEC no vuelve menos grave la situación. Son mediciones diferentes y describen dimensiones distintas de una misma crisis: una parte enorme de la población no alcanza los ingresos necesarios para vivir con estabilidad, y otra parte apenas supera el umbral estadístico de pobreza sin dejar de ser económicamente vulnerable.

La categoría “clase baja no pobre” es, en ese sentido, una de las expresiones más crudas de la realidad actual. Describe hogares que no son considerados pobres por una diferencia estadística, pero que siguen sin tener margen para afrontar un alquiler, una enfermedad, una reparación urgente o la pérdida de un salario.

Salir de la pobreza estadística no equivale a vivir dignamente.

La línea de pobreza también se volvió inalcanzable

En julio de 2026, la Canasta Básica Total utilizada por el INDEC para un hogar compuesto por cuatro integrantes se ubicó en torno de $1,56 millones.

Ese monto marca el límite formal entre la pobreza y la no pobreza, pero no representa el costo de una vida holgada. Apenas establece cuánto necesita una familia para no quedar por debajo de una canasta mínima de bienes y servicios.

Un hogar que supera ese umbral puede seguir sin poder pagar una vivienda adecuada, sostener tratamientos médicos, comprar ropa, afrontar gastos escolares o ahorrar un solo peso. La distancia entre “no ser pobre” y pertenecer a la clase media es cada vez mayor.

La clase baja no pobre no es una zona de seguridad. Es una franja de precariedad permanente.

La desigualdad se profundiza

Los datos oficiales de distribución del ingreso muestran que la desigualdad no es una percepción subjetiva.

Durante el primer trimestre de 2026, el ingreso per cápita familiar promedio fue de $728.008, mientras que la mediana se ubicó en $500.000. El ingreso promedio individual entre quienes percibieron algún ingreso alcanzó $1.153.457.

El ingreso individual promedio del estrato bajo —deciles 1 a 4— fue de $389.298, mientras que el correspondiente al estrato alto —deciles 9 y 10— llegó a $2.873.233.

La diferencia no se explica solamente por los salarios. En el decil más bajo había 272 personas no ocupadas por cada 100 ocupadas, mientras que en el decil más alto la relación descendía a 48 por cada 100.

Los hogares más pobres tienen menos personas trabajando y más integrantes que dependen de esos ingresos. La desigualdad se reproduce dentro de las familias y se vuelve más difícil de revertir con cada crisis.

El mercado laboral no alcanza

Durante el primer trimestre de 2026, la tasa de actividad alcanzó el 48,6%, la tasa de empleo llegó al 44,8% y la desocupación se ubicó en 7,8%. La subocupación alcanzó el 11,1%.

El dato revela un mercado laboral incapaz de garantizar estabilidad para una porción significativa de la población. Tener empleo tampoco asegura salir de la pobreza: los salarios insuficientes, la informalidad y la pérdida de poder adquisitivo empujan a miles de trabajadores hacia los sectores bajos.

El INDEC informó que en abril de 2026 los salarios aumentaron 3,7% mensual y 36,9% interanual, acumulando una mejora nominal de 12,7% respecto de diciembre de 2025.

Pero los aumentos nominales no resuelven el problema cuando los ingresos siguen sin alcanzar para cubrir el costo de vida. Una familia no vive de porcentajes interanuales: vive de lo que puede pagar después de abonar el alquiler, comprar alimentos, trasladarse y sostener los servicios básicos.

La recuperación salarial que no permite ahorrar ni afrontar una emergencia no es una recuperación suficiente.

El salario mínimo expone la distancia entre el discurso y la vida cotidiana

El Gobierno nacional fijó mediante la Resolución 4/2026 el Salario Mínimo, Vital y Móvil en $383.800 desde septiembre de 2026 para una jornada legal completa. El cronograma establece aumentos graduales hasta llegar a $437.000 en abril de 2027.

Ese ingreso queda muy por debajo de la Canasta Básica Total para una familia tipo y a una distancia abismal de los umbrales de la clase media. Un trabajador que percibe el salario mínimo no tiene una vía realista hacia la estabilidad: apenas puede intentar sostenerse por encima de la indigencia o complementar sus ingresos con otro empleo.

La comparación con los ingresos de la clase alta resulta obscena. Mientras el 5% superior promedia $14 millones mensuales, millones de trabajadores sobreviven con ingresos que no alcanzan para cubrir las necesidades básicas de un hogar.

La brecha no es abstracta. Se traduce en alimentación, vivienda, salud, educación y futuro.

La clase media se desarma

El 43% de los hogares se ubica entre la clase media baja y la media alta, pero esa cifra no debería utilizarse para hablar de una clase media sólida.

La clase media baja se encuentra apenas por encima del límite inferior. Sus hogares pueden superar la línea de pobreza, pero no tienen capacidad de ahorro ni protección frente a una crisis. Una enfermedad, un despido, un aumento del alquiler o la pérdida de uno de los ingresos puede empujarlos rápidamente hacia la pobreza.

La clase media alta, en cambio, tiene ingresos que multiplican varias veces los de la clase media baja. Agrupar ambos segmentos bajo la misma etiqueta oculta una desigualdad interna cada vez más profunda.

La clase media argentina ya no es una plataforma de ascenso social. Para una parte creciente de la población, es una zona de espera antes del descenso.

El consumo se desploma porque no hay margen

El INDEC informó que las ventas de supermercados a precios constantes cayeron 3,7% interanual en abril de 2026, mientras que el acumulado enero-abril mostró una baja de 3,3%.

La caída del consumo no es un misterio. Cuando la mayor parte de los ingresos se destina a alimentos, alquiler, transporte, servicios y medicamentos, desaparece cualquier posibilidad de consumo discrecional.

Las familias postergan la compra de ropa, electrodomésticos, muebles, tecnología y bienes durables. También reducen salidas, vacaciones, restaurantes y actividades recreativas.

No es una decisión de prudencia financiera. Es la consecuencia de no llegar a fin de mes.

El crecimiento no se distribuye

El INDEC estimó para el primer trimestre de 2026 un crecimiento del PIB de 2,3% interanual y de 0,7% frente al trimestre anterior en términos desestacionalizados.

Pero el crecimiento agregado no garantiza una mejora social. Una economía puede crecer mientras la mayoría de los hogares pierde capacidad de compra y una minoría concentra los beneficios.

La pregunta no es solamente cuánto crece el país. La pregunta es quién se queda con ese crecimiento.

Si el 52% de los hogares permanece en los sectores bajos, si la brecha entre los deciles extremos llega a 15 veces y si el consumo masivo continúa cayendo, entonces la recuperación macroeconómica no está llegando a la mayoría. Está siendo capturada de manera desigual.

El deterioro continúa

Los datos difundidos durante agosto, correspondientes al primer trimestre de 2026, mostraban que aproximadamente el 31% de los hogares estaba en la clase baja no pobre y el 21% en situación de pobreza. La actualización correspondiente al segundo trimestre ubica los porcentajes en 30% y 22%, respectivamente.

El desplazamiento de un punto porcentual hacia la pobreza no es un detalle menor para los hogares afectados. Detrás de esa variación hay familias que dejaron de poder cubrir una canasta básica, trabajadores que perdieron ingresos y hogares que agotaron sus mecanismos de supervivencia.

La frontera entre pobreza y no pobreza no es una línea abstracta. Es el momento en que una familia deja de pagar una cuenta, reduce una comida, abandona un tratamiento o se endeuda para comprar alimentos.

La radiografía que deja 2026

La Argentina llega a septiembre con una mayoría de hogares ubicada en los niveles inferiores de la estructura social.

La estimación de Consultora W ubica al 52% de los hogares entre la clase baja no pobre y la pobreza, mientras que apenas el 5% integra la clase alta. El 78% se encuentra entre la clase media baja, la clase baja no pobre y la pobreza.

El ingreso promedio de los hogares no alcanza para describir esta realidad. La mediana, la distribución por deciles y el costo de las canastas muestran que la mayoría vive por debajo de los valores que suelen presentarse como representativos.

Un hogar de clase alta registra, según la estimación, unos $14 millones mensuales de ingreso promedio. En el extremo inferior, un hogar pobre ronda apenas $1 millón. Entre ambos extremos existe una diferencia de aproximadamente 14 veces.

El Gini de 0,442, la brecha de 15 veces entre los deciles extremos, el 28,2% de personas pobres registrado oficialmente y el 7,8% de desocupación no describen una sociedad en recuperación equilibrada. Describen una sociedad partida.

La Argentina puede mostrar crecimiento económico y mejoras nominales en algunos indicadores, pero eso no cambia el hecho central: más de la mitad de los hogares está atrapada en los sectores bajos y una minoría concentra una porción desproporcionada de los ingresos.

La clase media se achica, la pobreza se vuelve estructural y la movilidad social descendente deja de ser una amenaza para convertirse en la experiencia cotidiana de millones de familias.

Los números disponibles hasta el 6 de septiembre de 2026 no muestran una sociedad que esté atravesando una dificultad pasajera. Muestran una sociedad empobrecida, desigual y sin margen.

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