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POLÍTICA

28 de agosto de 2026

Milei llevó su batalla cultural a una escuela y cruzó la línea del adoctrinamiento

El Presidente habló durante unos 40 minutos ante alumnos de 4° y 5° año de la ORT y convirtió una charla sobre ética en una defensa de su modelo económico, una crítica a la oposición y un discurso atravesado por referencias religiosas. Además, alentó a los estudiantes a abuchear a periodistas. El episodio vuelve a poner bajo la lupa la contradicción entre el combate oficial contra el “adoctrinamiento” escolar y el uso de una institución educativa para transmitir una visión política, económica y moral desde el poder.

Javier Milei fue a la escuela ORT para hablar de ética e inteligencia artificial y terminó ofreciendo algo bastante diferente: una extensa defensa de su concepción libertaria del mundo, una reivindicación del capitalismo como parte de un supuesto orden divino, ataques contra la oposición y el periodismo y una arenga a adolescentes para que abuchearan a periodistas.


La escena ocurrió el jueves 27 de agosto en la sede Almagro de la ORT Argentina, ante estudiantes de 4° y 5° año del secundario, en el marco de los 90 años de la institución. El propio Gobierno difundió la actividad y transcribió las palabras del Presidente.

Lo que podría haber sido una exposición institucional terminó convirtiéndose en una muestra bastante explícita de la batalla cultural que Milei libra desde el poder.

Y allí aparece la pregunta incómoda: ¿qué diferencia hay entre enseñar sobre una corriente política y utilizar una escuela para presentar una determinada concepción política, económica, religiosa y moral como el camino correcto frente al mal?

Una charla que terminó hablando mucho de Milei y poco de inteligencia artificial

La convocatoria tenía como eje “Ética como política de Estado” y estaba vinculada a la celebración del aniversario de ORT. La inteligencia artificial también formaba parte del marco de la actividad.

Sin embargo, durante los aproximadamente 40 minutos de exposición, la IA quedó relegada frente a una larga argumentación sobre capitalismo, propiedad privada, marxismo, política, oposición, religión y valores morales.

Milei incluso presentó ante los estudiantes el epílogo de su próximo libro, “Capitalismo, la Divina Maquinaria del Paraíso”, cuyo capítulo se denomina “La moral como política de Estado”.

El problema no es que un Presidente tenga ideas económicas o filosóficas. El problema que plantea esta escena es el lugar, el auditorio y la asimetría de poder. No estaba hablando ante militantes libertarios, empresarios, dirigentes políticos o adultos que habían concurrido voluntariamente a una conferencia partidaria. Estaba frente a estudiantes secundarios.

“El capitalismo es el sistema que Dios preparó”

Uno de los aspectos más llamativos fue la combinación entre el ideario económico de Milei y una fundamentación religiosa.

El Presidente afirmó que los valores del judaísmo resultan determinantes en la construcción de las políticas públicas de su Gobierno y explicó que la justicia y la eficiencia deben estar vinculadas con valores judeocristianos.

En otro tramo de su exposición sostuvo que el capitalismo es el sistema que Dios habría preparado a través de la ley y vinculó su funcionamiento con los Diez Mandamientos. La propia Casa Rosada registró que Milei reconoció que ORT es una institución laica, aunque destacó su vínculo con el judaísmo. ORT, por su parte, se define oficialmente como una institución judía abierta a la sociedad, pluralista e inclusiva en las dimensiones académica, social, económica, religiosa e ideológica.

Ese dato vuelve todavía más delicado el análisis. Una cosa es que una institución educativa vinculada a una tradición cultural y religiosa reciba a un Presidente. Otra diferente es que el jefe del Estado utilice ese escenario para presentar una determinada concepción religiosa como fundamento de un programa económico y político.

El bien contra el mal: el mensaje que recibieron los adolescentes

Milei fue todavía más lejos. En su exposición planteó una división prácticamente absoluta entre dos caminos: el bien y el mal. Según la transcripción oficial, sostuvo que “no hay tercer camino” y presentó la elección política como una elección moral.En ese esquema, el capitalismo aparece asociado al orden, la libertad y la prosperidad; mientras que el marxismo es presentado como un programa satánico.

El Presidente llegó a afirmar que Marx era satanista y vinculó esa corriente ideológica con una concepción del infierno y la destrucción. El problema pedagógico de esa construcción no pasa por discutir si Milei tiene derecho a criticar al marxismo.Por supuesto que lo tiene. El punto es cómo se presenta la discusión ante adolescentes dentro de una institución educativa.

Una escuela debería ser precisamente el lugar donde un estudiante pueda conocer distintas corrientes, confrontar argumentos, preguntar y construir una posición propia. Cuando desde el poder se plantea que un sistema representa el bien y otro encarna el mal, el espacio para el pensamiento crítico corre el riesgo de transformarse en un escenario de adhesión.

El momento más grave: los periodistas como blanco

La situación tomó otra dimensión cuando Milei comenzó a hablar de la prensa. Durante la exposición relacionó el mandamiento “no robarás” con la propiedad privada y sostuvo que ese concepto también debería servir para los periodistas.

Algunos estudiantes comenzaron a abuchear. El Presidente no frenó la situación. La alentó. “Si quieren hacerlo más fuerte, se los voy a festejar”, dijo, según quedó registrado en la cobertura periodística y en la reconstrucción de su discurso. Los silbidos aumentaron y Milei sonrió. Este punto merece especial atención.

No se trató simplemente de que un grupo de adolescentes expresara espontáneamente su rechazo a la prensa. El Presidente de la Nación intervino para incentivar que lo hicieran con mayor intensidad.

Y lo hizo dentro de una escuela secundaria. En términos políticos, es una escena poderosa. En términos institucionales, es preocupante. Porque quien ocupa la Presidencia no es un dirigente más. Su palabra tiene una autoridad y una capacidad de influencia infinitamente superior a la de cualquier alumno sentado en ese auditorio.

El Gobierno que convirtió al “adoctrinamiento” en una bandera

La contradicción adquiere mayor peso porque el propio Gobierno de Milei convirtió el combate contra el adoctrinamiento en una política explícita.

En abril de 2024, el entonces vocero presidencial Manuel Adorni anunció que el Gobierno impulsaría modificaciones para “penar el adoctrinamiento en las escuelas” y anticipó la creación de un canal para denunciar actividad política dentro de las aulas.

Meses después, mediante el Decreto 1086/2024, el Ejecutivo incorporó expresamente a la reglamentación de la Ley 26.061 la idea de que imponer una forma de pensar o actuar político-partidaria, especialmente en el ámbito educativo, vulnera derechos de niños, niñas y adolescentes.

La norma habla de dignidad, integridad personal, libertad de pensamiento y libertad de conciencia. Por eso la escena de ORT genera una paradoja difícil de ignorar.

El mismo Gobierno que construyó una herramienta institucional para denunciar el adoctrinamiento escolar llevó al Presidente a una escuela secundaria y allí desplegó un discurso político, económico, religioso y confrontativo.

Eso no significa automáticamente que el episodio constituya una infracción jurídica. La determinación legal requiere analizar las circunstancias concretas, la organización del evento, la participación de la institución y el alcance de las expresiones. Pero sí significa que el episodio encaja exactamente en el debate que el propio Gobierno decidió instalar como problema de Estado.

La ley no habla solamente de docentes

Hay otro elemento que vuelve relevante el caso.

La Ley de Educación Nacional establece que los estudiantes tienen derecho a ser respetados en su libertad de conciencia dentro de la convivencia democrática y a ser protegidos contra agresiones físicas, psicológicas o morales.

Además, la Ley 26.892 de convivencia escolar establece como principios el respeto por la dignidad y las creencias, el rechazo a la discriminación, el hostigamiento y la violencia, y la resolución no violenta de los conflictos.

Y la propia Secretaría de Educación mantiene actualmente un área de convivencia que incluye entre las situaciones que pueden denunciarse el discurso de odio, la imposición ideológica, la propaganda político-partidaria y el adoctrinamiento.

No hace falta afirmar que Milei violó esas normas para advertir la contradicción. Alcanza con comparar los principios.

La política educativa oficial pide pluralismo y libertad de conciencia. La escena registrada en ORT mostró al Presidente alentando a un auditorio adolescente a hostigar verbalmente a un sector profesional al que había convertido en adversario.

La vara que se utilizó contra el kirchnerismo

Aquí aparece uno de los puntos políticamente más fuertes del episodio. Durante los gobiernos kirchneristas, la participación de agrupaciones políticas en escuelas fue denunciada reiteradamente como adoctrinamiento. La Cámpora fue uno de los principales blancos de aquellas acusaciones.

En 2012 y 2013 se multiplicaron las denuncias sobre talleres y actividades de la agrupación en establecimientos educativos. Incluso hubo iniciativas legislativas que cuestionaron actividades de militantes kirchneristas dentro de colegios.

La discusión llegó a tal nivel que en la Ciudad de Buenos Aires se habilitó un canal específico para recibir denuncias por supuesto adoctrinamiento político en establecimientos educativos. El argumento utilizado entonces por sectores opositores era sencillo: la escuela debía ser un espacio para educar, no para formar militantes de un partido.

Ese principio sigue siendo válido. Y si era válido cuando gobernaba el kirchnerismo, también debería serlo durante el Gobierno de Milei. No existe una excepción ideológica.

El espejo de la propia política libertaria

La comparación tampoco termina en el kirchnerismo. Durante 2025 comenzaron a aparecer denuncias y controversias alrededor de actividades en escuelas vinculadas con organizaciones que promovían ideas libertarias.

En Santa Fe, por ejemplo, una asociación civil llamada Río Paraná comenzó a brindar charlas en colegios secundarios sobre trabajo, valores y el ideario de La Libertad Avanza, situación que generó cuestionamientos de algunos padres y fue investigada periodísticamente.

Y en septiembre de 2025, Karina Milei participó del lanzamiento de una agrupación estudiantil libertaria presentada explícitamente como herramienta para “combatir el adoctrinamiento” en escuelas secundarias.

La propia secretaria general de la Presidencia habló entonces de una “batalla cultural” y sostuvo que las escuelas habían sido tomadas por un mensaje contrario a la libertad. Es decir: el oficialismo no solo denunció el adoctrinamiento; también construyó una militancia juvenil destinada a disputar políticamente ese territorio.

La diferencia entre formación política y adoctrinamiento debería estar en la pluralidad, el método, el ámbito y la libertad real de quienes reciben el mensaje.

El antecedente incómodo del propio Milei

Existe además un antecedente que hace todavía más difícil sostener una doble vara.

En el inicio del ciclo lectivo 2024, Milei ya había concurrido al colegio Cardenal Copello y había utilizado un acto escolar para defender aspectos de su programa económico y atacar a sectores políticos.

El episodio generó cuestionamientos por el tono de su intervención ante estudiantes. Dos meses después, el Gobierno anunció que buscaría combatir el adoctrinamiento escolar. La pregunta que queda ahora es inevitable: si una docente, un militante kirchnerista o una organización vinculada al peronismo hubiese utilizado una escuela secundaria para decir que su modelo era el camino del bien, calificar al adversario como moralmente inferior y promover abucheos contra periodistas, ¿el Gobierno habría considerado que se trataba de una actividad educativa o de adoctrinamiento?

No existe una respuesta oficial conocida a esa pregunta. Pero el contraste explica por qué el episodio de ORT produjo tanta reacción.

Una diferencia importante: no es exactamente el mismo escenario

También sería incorrecto construir una comparación mecánica con La Cámpora. En aquellos casos se denunciaban actividades realizadas por agrupaciones partidarias o militantes dentro de escuelas. En ORT, Milei fue invitado por las autoridades de una institución educativa privada para participar de una actividad institucional.

Eso cambia el contexto. ORT no es una escuela pública y no existe evidencia, al menos hasta el momento, de que la institución haya organizado el encuentro como una actividad partidaria. Además, la propia ORT se define como pluralista e inclusiva en materia ideológica.

Por eso no corresponde afirmar automáticamente que la institución “adoctrinó” a sus alumnos. La discusión se concentra en otra cuestión: qué hizo el Presidente con el espacio que recibió.

Y allí los registros son contundentes. La charla se transformó en una defensa del modelo económico, una argumentación religiosa, un ataque a adversarios y una arenga contra periodistas.

El problema de la edad

Los destinatarios tampoco son un detalle menor. La Casa Rosada informó expresamente que Milei habló ante alumnos de 4° y 5° año del secundario. Son estudiantes adolescentes que todavía se encuentran dentro de la educación obligatoria. No significa que carezcan de capacidad crítica. Tampoco significa que deban ser tratados como incapaces de comprender política. Todo lo contrario. La escuela debe enseñarles a discutir política.

Pero existe una diferencia enorme entre enseñar a discutir política y utilizar el peso institucional del Presidente para decirles quiénes son los buenos, quiénes son los malos y contra quién deberían abuchear. Ese límite es precisamente el que una democracia educativa debería cuidar.

Cuando la violencia política se convierte en espectáculo

El episodio de los periodistas merece una lectura aparte. Abuchear no es un delito. Los estudiantes tienen derecho a expresar rechazo. Pero la cuestión cambia cuando el Presidente de la Nación celebra y estimula la conducta. La violencia política no empieza necesariamente con un golpe. También puede construirse mediante la deshumanización del adversario, la identificación del otro como enemigo y la normalización de la agresión verbal.

En una escuela, donde el objetivo debería ser enseñar a tramitar las diferencias mediante argumentos, el mensaje debería ser exactamente el contrario. La propia legislación argentina sobre convivencia escolar establece como principio el rechazo a toda forma de hostigamiento, violencia y exclusión y la resolución no violenta de conflictos.

Por eso el episodio no puede ser reducido a una anécdota divertida de Milei frente a adolescentes. Es una escena que muestra qué tipo de cultura política se está transmitiendo desde la máxima autoridad institucional.

La paradoja final: el Gobierno que denunció la bajada de línea ahora enfrenta su propio espejo

El oficialismo construyó buena parte de su discurso político sobre una denuncia: las escuelas habían sido utilizadas durante años para imponer una determinada visión ideológica.

Ese argumento tuvo eco porque ningún partido debería tener derecho a convertir a los estudiantes en audiencia cautiva de su propaganda. Pero ese principio no puede funcionar solamente cuando el mensaje es peronista, kirchnerista, socialista o progresista.

También debe funcionar cuando el mensaje es libertario. Y tampoco puede desaparecer cuando el que habla es el Presidente. La democracia no necesita escuelas políticamente mudas.

Necesita escuelas donde la política pueda ser estudiada, discutida, cuestionada y confrontada. Necesita estudiantes capaces de escuchar a Milei y también a sus críticos; conocer el liberalismo y el marxismo; discutir capitalismo y Estado; estudiar religión y laicidad; comprender qué hace un periodista y por qué la libertad de prensa es importante.

Lo que no necesita es que desde el escenario se les indique quién representa el bien, quién representa el mal y a quién deben abuchear. Porque entonces la discusión deja de ser educativa y empieza a parecerse demasiado a aquello que el propio Gobierno prometió combatir.

El verdadero problema de la escena de ORT no es que Milei haya hablado de política. Es que habló de política desde el poder, ante adolescentes y dentro de una escuela, mientras el mismo Gobierno sostiene que la imposición ideológica en las aulas vulnera la libertad de conciencia.

Y esa contradicción no es una cuestión de izquierda o derecha. Es una cuestión de coherencia institucional.

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