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11 de agosto de 2026

Unilever cerró una fábrica histórica en Mendoza y dejó a 60 trabajadores sin empleo

La planta de vegetales deshidratados de Guaymallén funcionaba desde 1964 y abastecía a Knorr. La multinacional decidió cerrar la producción y desvincular a todos los empleados que quedaban en el establecimiento. El caso vuelve a poner bajo la lupa el impacto de la apertura comercial sobre la industria mendocina.

Una fábrica que durante más de seis décadas convirtió hortalizas mendocinas en insumos para una de las marcas de alimentos más conocidas del país dejó de producir.

Unilever cerró su planta de vegetales deshidratados de Corralitos, en Guaymallén, y desvinculó a los 60 trabajadores que permanecían allí. La decisión fue comunicada a los empleados este lunes y tomó por sorpresa al Sindicato de Trabajadores de Industrias de la Alimentación (STIA).


La multinacional explicó que el cierre responde a una combinación de factores vinculados con los cambios en los hábitos de consumo y la decisión de concentrar recursos en productos y categorías con mayor potencial de rentabilidad. La empresa aseguró, además, que la medida no implica abandonar el mercado argentino ni discontinuar la marca Knorr.

Pero detrás de la explicación empresaria aparece una discusión mucho más grande: qué lugar queda para la producción industrial mendocina cuando fabricar localmente deja de ser la opción elegida por una multinacional para abastecer su mercado.

62 años después, la fábrica bajó la persiana

La planta de Corralitos fue inaugurada en 1964 y comenzó a ser operada por Unilever en 2005. Durante años se convirtió en un establecimiento especializado en la transformación de hortalizas frescas en vegetales deshidratados destinados principalmente a los productos de Knorr.

Su funcionamiento no era menor dentro de la cadena agroindustrial.

La planta recibía miles de toneladas de hortalizas frescas y las transformaba mediante procesos de secado en escamas, granulado y polvo. Datos oficiales del INTA ubicaron la capacidad de procesamiento en torno de las 15.000 toneladas de vegetales frescos por año, que se convertían en unas 3.200 toneladas de producto deshidratado.

En otra comunicación de 2023, la propia cadena productiva informaba que la planta generaba alrededor de 60.000 kilos de vegetales deshidratados por día y que aproximadamente el 10% de esa producción tenía destino exportador.

Ahora todo ese proceso dejó de realizarse en Mendoza.

De producir para Knorr a importar el producto

La consecuencia más sensible del cierre no está solamente en los 60 puestos de trabajo eliminados.

La producción que se realizaba en Guaymallén será reemplazada, según las informaciones difundidas tras el cierre, por productos importados.

La empresa no presentó públicamente el cierre como una consecuencia directa de la política de importaciones. Su explicación apunta a una transformación del mercado y a la necesidad de concentrarse en negocios más rentables.

Pero el resultado industrial es difícil de ignorar: una planta argentina deja de producir y la cadena de abastecimiento de la marca pasa a depender de productos elaborados fuera del país, según las versiones periodísticas que reconstruyeron la decisión.

Y allí aparece el interrogante que excede a Unilever.

¿Qué sucede cuando una multinacional puede comparar el costo de producir en Argentina con el de abastecerse desde otros mercados y decide que importar resulta más conveniente?

La respuesta, en este caso, fue el cierre de una fábrica mendocina.

La paradoja de una planta que había logrado sustituir importaciones

El caso tiene una particularidad que lo vuelve todavía más significativo.

Hace apenas algunos años, Unilever presentaba justamente a la planta mendocina como un ejemplo de sustitución de importaciones y desarrollo de proveedores locales.

En 2023, la compañía había informado que había logrado abastecerse con vegetales argentinos para la elaboración de productos Knorr. Antes de ese proceso, algunos insumos, como el ajo, eran importados desde China.

La empresa había desarrollado una red de proveedores agrícolas y trabajaba con productores de Mendoza, San Juan y Córdoba.

También existía una articulación con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) para desarrollar variedades de hortalizas específicamente adaptadas al proceso industrial.

El INTA confirmó que trabajaba junto con Unilever en el desarrollo de cultivares destinados al deshidratado y destacó la importancia de la industria de procesamiento de hortalizas en Mendoza.

Por eso, el cierre no significa simplemente que una empresa dejó de utilizar un galpón.

Implica la interrupción de una cadena que conectaba productores agrícolas, desarrollo tecnológico, empleo industrial y una marca de consumo masivo.

La explicación de Unilever: menos consumo y más rentabilidad

La multinacional sostiene que el mercado cambió.

El consumo masivo argentino atraviesa una transformación y las empresas están revisando sus portafolios, sus costos y sus estructuras productivas. Unilever ya venía comunicando una estrategia centrada en eficiencia, innovación y concentración de recursos en negocios considerados con mejores perspectivas.

En diciembre de 2025, la compañía señalaba que el consumo masivo estaba fuertemente golpeado y que buscaba adaptarse a los nuevos hábitos de los consumidores. En Argentina, Unilever mantenía cinco plantas y la de Mendoza era la destinada a la producción de vegetales deshidratados.

El argumento empresarial, entonces, no apunta a una crisis financiera de Unilever.

La multinacional sigue operando en Argentina y Knorr continuará comercializándose.

Lo que cambia es dónde y cómo se produce aquello que después se vende en las góndolas.

El dato que preocupa: producir alimentos en Argentina es cada vez más difícil

El cierre ocurre además en un contexto industrial que no muestra una recuperación homogénea.

Según el INDEC, el Índice de Producción Industrial Manufacturero acumuló una caída interanual de 2,4% durante enero-abril de 2026. En abril, la producción manufacturera había retrocedido 2,8% respecto del mismo mes del año anterior.

Y el deterioro también alcanzó a los alimentos.

En mayo, la división de alimentos y bebidas registró una caída interanual del 3%, de acuerdo con el informe del INDEC. Dentro de ese universo, la preparación de frutas, hortalizas y legumbres forma parte de las actividades relevadas por el organismo.

El panorama tampoco es uniforme. Hay sectores que crecen y otros que retroceden, por lo que no sería correcto atribuir cualquier cierre industrial exclusivamente al escenario macroeconómico.

Pero la sucesión de datos muestra que el sector manufacturero continúa atravesando una etapa de fuerte reconfiguración.

Importar es más sencillo: el Gobierno modificó las reglas para los alimentos

Al mismo tiempo que se producen estos cambios empresariales, el Gobierno nacional viene avanzando en una política de simplificación de las importaciones de alimentos.

El esquema regulatorio permite que determinados alimentos provenientes de países con estándares sanitarios reconocidos ingresen mediante procedimientos simplificados, con el objetivo declarado de facilitar el comercio y ampliar la competencia.

En agosto de 2026, además, el Gobierno amplió el reconocimiento de certificaciones sanitarias extranjeras para determinados insumos utilizados en la elaboración de alimentos.

Esto no significa que cualquier producto pueda ingresar sin controles: los alimentos importados continúan sujetos a los mecanismos sanitarios correspondientes de SENASA, ANMAT u otros organismos según el producto.

Pero sí representa un cambio en el escenario competitivo.

Para una empresa multinacional, la ecuación deja de ser únicamente cuánto cuesta fabricar un producto dentro del país. También pesa cuánto cuesta producirlo en otro mercado, transportarlo e ingresarlo a la Argentina.

Y esa comparación puede terminar inclinando la balanza.

Las importaciones crecieron en algunos rubros mientras la industria busca bajar costos

Los datos de comercio exterior muestran que las importaciones argentinas alcanzaron US$35.531 millones durante el primer semestre de 2026, según el INDEC. En junio, las compras externas fueron de US$6.861 millones, un 7,3% más que un año antes.

La cifra global no permite afirmar que el aumento de importaciones haya provocado el cierre de la planta de Unilever. Sería una conclusión que los datos disponibles no permiten demostrar.

Pero sí muestra el contexto en el que las empresas industriales toman decisiones.

Y en Mendoza la discusión adquiere una dimensión adicional porque la provincia tiene una fuerte tradición agroindustrial y una extensa red de productores que dependen de la transformación industrial para agregar valor a sus materias primas.

El cierre de una planta especializada en hortalizas deshidratadas vuelve a poner esa discusión sobre la mesa.

De los productores mendocinos a una cadena global

Durante años, el modelo de la planta funcionó como un puente entre el campo y la industria.

La empresa recibía hortalizas producidas localmente, procesaba el producto en Guaymallén y lo convertía en un insumo industrial utilizado para elaborar alimentos.

El INTA destacó que Mendoza concentra la mayor capacidad industrial instalada del país para la deshidratación de hortalizas y que aproximadamente el 10% de las hortalizas producidas en Argentina se industrializa en diferentes cadenas, entre ellas la del deshidratado.

Eso hace que la salida de una planta de estas características tenga un significado que supera a la propia compañía.

Si la producción deja de hacerse en Mendoza, también puede reducirse la demanda de determinadas variedades agrícolas, la contratación de servicios vinculados con el procesamiento y el movimiento de materias primas.

El efecto no termina necesariamente en los 60 despidos.

El impacto laboral: 60 familias quedan afuera

El cierre implica la desvinculación de 60 trabajadores, de acuerdo con las informaciones difundidas por el gremio y medios que accedieron al caso.

Según las versiones difundidas, la empresa se comprometió a pagar las indemnizaciones correspondientes y sumas adicionales.

El dato es relevante porque muestra que no se trata de una reducción temporal de turnos ni de una suspensión de actividades.

La planta dejó de producir y los puestos de trabajo desaparecieron.

El gremio fue sorprendido por la forma en que se comunicó la decisión: los trabajadores recibieron durante la madrugada el aviso de que no debían presentarse a trabajar.

La noticia expone nuevamente una de las tensiones centrales del mercado laboral argentino: una empresa puede continuar vendiendo, mantener una marca y sostener su presencia comercial mientras reduce o elimina la producción local.

Y hay otra decisión global detrás

El cierre mendocino tampoco puede analizarse completamente aislado de la transformación que atraviesa Unilever a nivel internacional.

En marzo de 2026, la multinacional acordó combinar su negocio global de alimentos con McCormick en una operación valuada en aproximadamente US$44.800 millones.

El acuerdo incluye marcas como Knorr y Hellmann's y forma parte de la estrategia de Unilever para reorganizar su cartera de negocios y concentrarse en otras áreas. La operación todavía está sujeta a aprobaciones regulatorias y se prevé que su cierre se produzca hacia mediados de 2027.

La reorganización global no prueba que sea la causa del cierre de Guaymallén.

Pero sí aporta una pieza al rompecabezas: Unilever está redefiniendo qué negocios quiere operar, dónde producir y cómo organizar su división de alimentos a escala mundial.

Mendoza quedó en medio de esa transformación.

El verdadero costo del cierre

El Gobierno puede argumentar que una mayor competencia externa permite bajar precios y obliga a las empresas locales a ser más eficientes.

Las empresas, por su parte, tienen derecho a decidir qué producen, dónde lo hacen y qué negocios consideran rentables.

Pero existe otra cara de la ecuación.

Cuando una fábrica cierra y su producción es reemplazada por importaciones, el consumidor puede eventualmente acceder a un producto más barato, pero la economía local pierde producción, empleo y parte de la cadena de valor.

En este caso se pierde además una capacidad industrial que llevaba más de seis décadas instalada en Mendoza.

La pregunta económica no es solamente cuánto cuesta una caja de caldo en la góndola.

También es cuánto vale mantener en el país la fábrica que produce los insumos, los trabajadores que los elaboran, los productores que cultivan las hortalizas y el conocimiento técnico que hizo posible esa cadena.

Mendoza vuelve a mirar la misma escena

La planta de Corralitos era mucho más que una fábrica de Unilever.

Era una pieza de la agroindustria mendocina y un ejemplo de articulación entre productores, industria y organismos tecnológicos.

Hoy esa cadena se corta.

La multinacional seguirá vendiendo Knorr en Argentina. El consumo seguirá cambiando. La empresa buscará productos más rentables y el mercado continuará abierto a la competencia externa.

Pero en Guaymallén quedará una fábrica que durante 62 años transformó producción agrícola en alimentos y que ahora deja de hacerlo.

El debate que queda abierto es incómodo: si producir en Argentina deja de ser rentable para una multinacional, ¿qué condiciones necesita el país para que la industria no termine siendo reemplazada por una góndola cada vez más llena de productos hechos afuera?

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