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26 de octubre de 2026 · 15:48

Lula: una remontada histórica contra la ultraderecha y el poder de Trump

A los 80 años, Luiz Inácio Lula da Silva revirtió la derrota de la primera vuelta, consiguió más de 64 millones de votos y conquistó su cuarto mandato presidencial. Flávio Bolsonaro no pudo convertir el respaldo de la derecha brasileña en una victoria y Donald Trump perdió la posibilidad de sumar a la mayor economía de América Latina a su bloque regional. La victoria fue contundente, pero el país que recibe Lula sigue partido en dos.

Lula: una remontada histórica contra la ultraderecha y el poder de Trump

La historia volvió a darle una oportunidad a Luiz Inácio Lula da Silva. Y el presidente brasileño la aprovechó con una remontada que ya ocupa un lugar singular en la política de su país. Después de quedar segundo en la primera vuelta, detrás de Flávio Bolsonaro, el líder del Partido de los Trabajadores dio vuelta el resultado y ganó el balotaje con 64.256.232 votos, equivalentes al 51,79% de los votos válidos. Su rival alcanzó 59.826.041, el 48,21%. La diferencia fue de 4.430.191 sufragios. No fue una victoria por demolición: fue una definición ajustada, con millones de brasileños inclinando la balanza en una elección que excedió largamente la disputa entre dos candidatos.


Lula, que cumplirá 81 años el 27 de octubre, consiguió así su cuarto mandato presidencial no consecutivo y volvió a demostrar una capacidad de supervivencia política extraordinaria. Obrero metalúrgico, dirigente sindical, presidente entre 2003 y 2010, condenado y encarcelado durante la Operación Lava Jato antes de recuperar sus derechos políticos, regresó al Palacio del Planalto en 2023 y ahora obtuvo una nueva oportunidad para gobernar. Su recorrido no fue lineal ni estuvo libre de controversias, pero el resultado del domingo confirmó que conserva una base social capaz de sostenerlo incluso frente a una derecha movilizada y con una presencia territorial considerable.

La magnitud de la remontada se entiende al mirar el primer turno. Flávio Bolsonaro había terminado adelante, con aproximadamente el 47% de los votos válidos, frente al 45% de Lula. El senador, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, buscó convertir esa ventaja inicial en un mandato para profundizar la agenda conservadora de su familia. Sin embargo, el balotaje modificó el escenario: Lula sumó más de diez millones de votos respecto de la primera vuelta, mientras su adversario también creció, pero no lo suficiente. El presidente convirtió una derrota parcial en una victoria y se transformó en el primer candidato presidencial brasileño que consigue remontar un segundo puesto en la primera vuelta para imponerse en el balotaje.

El resultado también representa un golpe político para Donald Trump. Flávio Bolsonaro era el candidato más próximo a la derecha estadounidense y a Javier Milei, y su eventual llegada al poder habría ampliado el espacio de gobiernos alineados con la Casa Blanca en América Latina. Trump había aplicado fuertes aranceles a productos brasileños en medio de su enfrentamiento con el Gobierno de Lula y de su rechazo al proceso judicial que terminó con la condena de Jair Bolsonaro por el intento de golpe de Estado posterior a las elecciones de 2022. La victoria del presidente brasileño impidió que esa estrategia encontrara en Brasil un aliado político de primer orden. Lula, por su parte, dejó un mensaje directo: Brasil no acepta convertirse en el patio trasero de ninguna potencia.

La disputa tuvo otro campo decisivo: las redes sociales. La campaña de Lula intensificó su presencia digital y abandonó parte de la comunicación tradicional para hablar directamente con los votantes mediante videos personales, mensajes breves y contenidos diseñados para circular por plataformas digitales. El diputado André Janones fue una de las figuras centrales de esa estrategia, con el llamado “Ejército de Lula”, una red de WhatsApp que llegó a reunir a millones de adherentes y ayudó a multiplicar mensajes de campaña. La movilización digital se combinó con manifestaciones callejeras y con una participación juvenil que el propio Lula destacó durante su discurso de victoria.

El presidente denunció que las plataformas digitales habían intentado influir en el resultado electoral y anticipó que buscará regularlas. Esa acusación se convirtió en una de las líneas políticas de la noche: para Lula, la elección no se definió solamente frente a un candidato, sino también en un ecosistema comunicacional donde la desinformación, los algoritmos y la concentración del poder tecnológico ocupan un lugar creciente. La movilización de sus seguidores en WhatsApp y en las calles mostró que las redes también pueden funcionar como herramientas de organización política, aunque la discusión sobre el comportamiento de las plataformas y su impacto electoral seguirá abierta.

Pero la victoria tuvo también una dimensión mucho más concreta y preocupante. Durante la jornada electoral se multiplicaron las denuncias por dificultades para acceder al transporte público en distintas ciudades. La campaña de Lula recurrió a la Justicia Electoral y denunció problemas en varios estados. En Salvador, una inspección judicial detectó vehículos retenidos en garajes y el Tribunal Regional Electoral ordenó investigar una reducción de la flota de autobuses. La Policía Federal abrió o preparó investigaciones sobre posibles restricciones al transporte de votantes en diferentes jurisdicciones. Las autoridades deberán establecer responsabilidades, pero los episodios dejaron bajo sospecha una condición elemental de cualquier democracia: que la población pueda llegar a votar sin obstáculos.

Ante esos problemas, el juez del Supremo Tribunal Federal Cristiano Zanin dispuso extender el horario de votación hasta las 19 en las secciones que todavía permanecían abiertas y donde había dificultades. La decisión provocó una nueva controversia. Flávio Bolsonaro anunció que no reconocería la derrota y que buscaría la anulación de las elecciones, alegando que la ampliación del horario alteró las reglas del proceso. Sin embargo, la propia campaña del senador había solicitado que se extendiera la votación en algunas localidades afectadas por problemas climáticos. El Tribunal Superior Electoral proclamó la victoria de Lula y los resultados oficiales quedaron consolidados. El anuncio de una impugnación abre una nueva disputa política, pero no modifica el resultado publicado por la autoridad electoral.

La remontada también tuvo un mapa social. El nordeste brasileño, históricamente más pobre y una de las principales bases electorales del Partido de los Trabajadores, volvió a ser fundamental. Allí, la memoria de los programas sociales y de la mejora de las condiciones de vida durante los primeros gobiernos de Lula conserva un peso decisivo. La defensa de las becas educativas, las políticas de inclusión y la posibilidad de sostener conquistas sociales formaron parte de la campaña. Al mismo tiempo, el presidente logró captar apoyos más allá de su núcleo tradicional y capitalizar el temor de sectores moderados a una nueva etapa de confrontación institucional bajo el apellido Bolsonaro.

Eso no significa que Lula haya recibido un cheque en blanco. Flávio Bolsonaro consiguió casi 60 millones de votos y confirmó que el bolsonarismo conserva una fuerza electoral enorme. La derecha mantiene influencia territorial, una presencia legislativa importante y un electorado que no desaparecerá con la derrota del domingo. El Congreso que deberá acompañar al nuevo Gobierno tiene una composición inclinada hacia sectores conservadores, lo que anticipa negociaciones difíciles para aprobar reformas y sostener la agenda presidencial. La victoria de Lula frena el avance de su adversario, pero no elimina las condiciones políticas que alimentaron su crecimiento.

En su discurso, Lula prometió hacer de su próximo mandato el mejor de su trayectoria y trabajar para que Brasil deje de ocupar una posición periférica en el mundo. También agradeció especialmente a los jóvenes, a las mujeres y a quienes salieron a defender la democracia. Su mensaje combinó reivindicación social, soberanía nacional y una advertencia a las grandes plataformas digitales. La promesa de convertir a Brasil en una potencia con mayor peso internacional se apoya ahora en una legitimidad electoral renovada, aunque deberá medirse con las restricciones económicas, la polarización y un Congreso que no le será dócil.

La elección dejó una imagen poderosa: un dirigente que comenzó su carrera en las fábricas y en el sindicalismo vuelve a imponerse cuando muchos daban por agotado su ciclo político. Pero el mito no puede reemplazar el balance de gestión que vendrá. Lula tendrá que responder a las expectativas de quienes lo votaron, negociar con una oposición que conserva millones de adhesiones y demostrar que la promesa de desarrollo puede traducirse en mejores ingresos, empleo y servicios públicos. La victoria le concede otra oportunidad; no resuelve por sí misma los problemas de Brasil.

Por ahora, el dato político es contundente. Lula revirtió el resultado, sumó más de 64 millones de votos y frustró el intento de Flávio Bolsonaro de prolongar el poder de su familia. También impidió que Trump incorporara a Brasil a su órbita regional por la vía de un aliado electoral. El hijo de Brasil volvió a imponerse, pero su próximo desafío será más complejo que ganar una elección: gobernar un país dividido y convertir una remontada histórica en resultados concretos para la mayoría.

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