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23 de septiembre de 2026

Trump aprieta a Londres por Chagos y el esperado guiño a Milei por Malvinas no aparece

El presidente de Estados Unidos calificó de “terrible” y “ridículo” el acuerdo por el archipiélago de Chagos y logró que Londres anunciara una revisión del pacto con Mauricio, justamente porque está en juego la base militar conjunta de Diego Garcia. En paralelo, Trump recibió al primer ministro británico Andy Burnham, habló sobre Malvinas y el Reino Unido ratificó que defenderá el territorio que considera propio. Milei, que había interpretado las señales de Washington como un posible cambio de posición sobre las islas, consiguió una reunión con Marco Rubio, pero no el respaldo público de Trump que esperaba.

La escena internacional que la Casa Rosada había imaginado para esta Asamblea General de Naciones Unidas terminó siendo bastante más compleja. Javier Milei llegó a Nueva York después de haber presentado el acercamiento de Donald Trump a la cuestión Malvinas como una oportunidad histórica para la Argentina. En septiembre, el Presidente había dicho expresamente que la nueva ofensiva diplomática sobre las islas había sido impulsada por las declaraciones del mandatario estadounidense acerca de una eventual revisión de la tradicional posición de Washington. Incluso habló de “vientos de cambio” favorables al reclamo argentino.


Sin embargo, en la ONU apareció otra prioridad de la política exterior de Trump. El presidente estadounidense se reunió con el nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, y durante esa conversación volvió a atacar el acuerdo alcanzado entre Londres y Mauricio para transferir la soberanía del archipiélago de Chagos. Trump lo calificó de “terrible” y “ridículo” y destacó que se trata de un territorio de enorme importancia militar y estratégica debido a la base de Diego Garcia. Burnham, sentado junto a él, respondió que revisaría la cuestión.

El resultado fue inmediato. Este miércoles, el ministro de Defensa británico Wes Streeting confirmó que Londres volverá a revisar el acuerdo y sostuvo que, por la importancia de Diego Garcia, el tratado no puede avanzar en su formato actual sin el respaldo estadounidense. También quedaron suspendidos los pagos comprometidos con Mauricio mientras se renegocian las condiciones. Es una concesión concreta de Londres después de la presión pública de Washington.

La historia de Chagos no es un episodio menor ni comparable automáticamente con Malvinas. La Corte Internacional de Justicia determinó en 2019 que la separación del archipiélago respecto de Mauricio durante el proceso de descolonización británico no había sido realizada conforme al derecho internacional y sostuvo que el Reino Unido debía poner fin a su administración de Chagos lo antes posible. El acuerdo de 2025 entre Londres y Mauricio reconocía la soberanía mauriciana sobre el archipiélago, pero al mismo tiempo garantizaba la continuidad de la base militar de Diego Garcia por 99 años.

Y allí está una de las claves geopolíticas del episodio: Trump no cuestiona el acuerdo solamente por una discusión territorial; su preocupación central es la utilidad militar de Diego Garcia. La base es utilizada conjuntamente por Estados Unidos y Reino Unido y tiene valor estratégico para operaciones estadounidenses en el océano Índico y Medio Oriente. En mayo de 2025, el Ministerio de Defensa británico había defendido precisamente el acuerdo con Mauricio porque, según Londres, permitía asegurar el funcionamiento de la base durante las próximas décadas.

Eso permite entender una diferencia que resulta políticamente importante para Buenos Aires. Que Trump presione a Londres por Chagos no significa que Estados Unidos haya decidido respaldar la soberanía argentina sobre Malvinas. En Chagos existe una base militar estadounidense considerada estratégica por Washington. En Malvinas, en cambio, la disputa enfrenta a Argentina y Reino Unido y Estados Unidos no anunció durante esta Asamblea General un reconocimiento de la posición argentina. El cálculo de Washington puede responder a intereses propios y variar según el escenario. Esa distinción es fundamental para no transformar una presión estadounidense sobre Londres en un respaldo que públicamente todavía no existe.

De hecho, la reunión que Trump sí decidió mantener en Nueva York fue con Burnham. El Gobierno británico informó oficialmente que durante ese encuentro se habló también de las Islas Falkland y que Burnham le transmitió al presidente estadounidense que Londres permanecería firme frente a cualquier amenaza contra el territorio que considera británico.

Horas después, el propio Burnham llevó esa posición a la Asamblea General. En su discurso afirmó que el Reino Unido defenderá el derecho de sus territorios a permanecer británicos y mencionó expresamente a las Falkland Islands. La respuesta argentina llegó a través de Pablo Quirno, quien ejerció el derecho a réplica y sostuvo que Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur son parte del territorio argentino y que Londres debe regresar a las negociaciones bilaterales.

El contraste es difícil de ignorar. Mientras Trump presionaba públicamente al Reino Unido para que revisara Chagos, en la misma jornada se reunía con el primer ministro británico y escuchaba de su boca una defensa explícita de la posición británica sobre Malvinas. Eso no significa que Washington haya cerrado definitivamente cualquier cambio sobre la cuestión argentina: las declaraciones de Trump de las semanas anteriores sí habían abierto esa posibilidad. Pero tampoco permite afirmar que ese eventual cambio se haya convertido en una política estadounidense de respaldo a Buenos Aires.

Milei, entretanto, sí consiguió una reunión bilateral con Marco Rubio. Y aquí conviene corregir una versión que circuló con fuerza en algunos medios: no fue simplemente una charla improvisada de pasillo. El encuentro se realizó en el Hotel Lotte de Nueva York y duró alrededor de 20 minutos, según El Cronista. Las fotografías difundidas posteriormente fueron tomadas en un pasillo del hotel, donde aparecen Milei, Rubio, Quirno, Luis Caputo y Stephen Miller.

El dato político más interesante está en lo que trascendió de aquella reunión. Rubio aseguró públicamente que la relación bilateral es sólida y destacó la cooperación entre ambos países en energía, minerales críticos y agricultura. Quirno, consultado por la prensa, habló de inversiones, seguridad, el Escudo de las Américas y la profundización de la alianza. Sobre Malvinas, no hubo una confirmación pública de un nuevo compromiso estadounidense. El Cronista señaló que el tema estuvo sobre la mesa, mientras que el propio canciller evitó confirmarlo o desmentirlo.

Así, la gira argentina terminó mostrando una situación bastante menos lineal de la que el Gobierno había proyectado. Milei compartió un foro del Escudo de las Américas con Trump y recibió elogios del presidente estadounidense por sus victorias electorales, pero no tuvo una bilateral presidencial con él. Trump sí mantuvo un encuentro formal con Burnham. Y el contacto directo de Milei con Washington terminó canalizándose a través de Rubio, con una agenda principalmente económica y estratégica.

La cuestión adquiere otra dimensión cuando se mira qué hizo Milei en paralelo. El Gobierno argentino endureció su postura contra las empresas vinculadas con la explotación petrolera en las aguas circundantes a Malvinas, presentó una denuncia penal contra varias compañías y envió al Congreso una Ley de Defensa de la Soberanía Nacional. El proyecto contempla nuevas sanciones y herramientas para proteger recursos estratégicos. El Presidente presentó la iniciativa como un “hito” dentro del proceso destinado a recuperar las islas por vías pacíficas.

La nueva escalada también se vinculó con la construcción de la Base Naval Integrada de Ushuaia. El Gobierno anunció una reasignación superior a los $200.000 millones para reactivar el proyecto y confirmó que la infraestructura austral será una prioridad del Presupuesto 2027. El ministro de Defensa Carlos Presti estimó una inversión de alrededor de US$350 millones entre 2026 y 2027 para la base y la Base Antártica Conjunta Petrel.

La base, sin embargo, no nació con Milei ni fue diseñada originalmente como una plataforma estadounidense para Malvinas. La obra comenzó durante el gobierno de Alberto Fernández y tenía como finalidad declarada fortalecer la infraestructura naval y logística antártica. Durante la gestión Milei permaneció prácticamente estancada hasta que el Ejecutivo decidió reactivarla después de relanzar el reclamo por Malvinas.

Sí existe una creciente cooperación militar entre Argentina y Estados Unidos en el extremo sur. En abril de 2025, el jefe del Comando Sur estadounidense visitó el Área Naval Austral y la Base Naval Ushuaia. Ese mismo año, un ejercicio combinado autorizado por el Gobierno argentino incluyó la participación de fuerzas estadounidenses en las bases navales de Mar del Plata, Ushuaia y Puerto Belgrano. La documentación oficial presenta esas actividades como cooperación militar, interoperabilidad, defensa de los espacios de jurisdicción nacional y apoyo a operaciones antárticas.

Eso alimenta una discusión geopolítica legítima, pero no alcanza para demostrar que Washington busque tutelar militarmente las Malvinas a través de Ushuaia. No aparece, en la documentación pública consultada, un acuerdo que otorgue a Estados Unidos control sobre la futura Base Naval Integrada ni un documento que vincule jurídicamente esa instalación con una eventual administración o tutela estadounidense de las islas. Lo que sí está probado es que Washington considera estratégico el extremo sur, que existe cooperación militar creciente y que el proyecto argentino busca mejorar las capacidades nacionales en el Atlántico Sur y la Antártida. Esa diferencia entre hechos y hipótesis es crucial.

Y quizás allí se encuentre el principal aprendizaje de estas 48 horas para la diplomacia argentina. Estados Unidos puede coincidir circunstancialmente con Buenos Aires sobre la cuestión Malvinas sin asumir la posición argentina como propia. Trump puede presionar a Londres por Chagos porque necesita garantizar el valor militar de Diego Garcia y, al mismo tiempo, mantener una relación estratégica con el Reino Unido y no comprometer públicamente su posición sobre las islas del Atlántico Sur.

Milei apostó buena parte de su estrategia internacional a la cercanía personal y política con Trump. Esa relación existe y se traduce en cooperación en seguridad, energía, minerales críticos, agricultura e inversiones. Pero cuando aparece un conflicto territorial concreto, los hechos muestran que los intereses de Washington no necesariamente coinciden de manera automática con los de Buenos Aires. El episodio Chagos es precisamente una muestra de eso: Trump estuvo dispuesto a presionar a Londres por una base militar estadounidense, pero no apareció en Nueva York para respaldar explícitamente el reclamo argentino de soberanía sobre Malvinas.

La reacción de Quirno tampoco puede reducirse a una simple puesta en escena. El canciller ejerció formalmente el derecho argentino a responder al discurso británico y volvió a plantear la necesidad de negociaciones. Milei, por su parte, llevó el reclamo al escenario central de la ONU y volvió a reclamar una solución pacífica.

Lo que sí queda en discusión es si la Casa Rosada leyó demasiado rápido las señales provenientes de Trump. Hace tres semanas Milei presentó la posible modificación de la postura estadounidense como una ventaja estratégica para la Argentina. Hoy, después de la reunión Trump-Burnham, de la revisión del acuerdo de Chagos y de una nueva defensa pública británica de las Falkland, aquella expectativa necesita ser medida contra hechos concretos.

Trump demostró que está dispuesto a presionar al Reino Unido cuando considera que están en juego intereses estratégicos de Estados Unidos. Lo que todavía no demostró es que esté dispuesto a hacer lo mismo por la soberanía argentina sobre Malvinas.

La diferencia entre ambas cosas no es menor.

Y en una disputa territorial que lleva décadas, confundir una señal táctica de Washington con un cambio de posición de fondo puede terminar siendo mucho más costoso que perder una foto.

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