POLÃTICA
4 de julio de 2026
Sin PASO y sin liderazgo único: el peronismo enfrenta la interna más compleja
La posible eliminación de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) reconfiguró el tablero político argentino, pero pocos espacios podrían sentir tanto su impacto como el peronismo. Mientras el oficialismo impulsa un esquema electoral sin elecciones primarias nacionales, el peronismo atraviesa una disputa por el liderazgo que todavía no encuentra una síntesis y que amenaza con profundizarse si desaparece el principal mecanismo institucional para ordenar las candidaturas.
En los últimos meses, el peronismo dejó de discutir únicamente nombres para empezar a debatir poder. La conducción de Cristina Fernández de Kirchner continúa siendo el principal punto de referencia para un amplio sector del kirchnerismo, pero la aparición de nuevos actores con aspiraciones propias, especialmente el gobernador bonaerense Axel Kicillof, abrió una discusión que ya no puede resolverse únicamente mediante la autoridad política de la expresidenta.
Ese escenario se volvió más evidente tras la condena firme que pesa sobre Cristina Fernández de Kirchner y la imposibilidad de competir electoralmente. Aunque conserva una fuerte capacidad de conducción dentro del espacio, su situación judicial modificó inevitablemente el proceso de sucesión política y aceleró el debate sobre quién deberá conducir al peronismo en los próximos años. Esa discusión atraviesa tanto al kirchnerismo como al resto de los sectores que integran el justicialismo.
En ese contexto, Axel Kicillof eligió una estrategia de extrema cautela. El gobernador bonaerense evita confrontar públicamente con Cristina Kirchner, pero tampoco acepta quedar subordinado a las decisiones de La Cámpora. Cada declaración pública es cuidadosamente medida y, hasta el momento, evitó pronunciarse en términos que puedan cerrar puertas hacia uno u otro sector del peronismo. Esa prudencia es interpretada de maneras opuestas dentro del propio espacio: mientras algunos la consideran una demostración de responsabilidad política, otros la leen como una indefinición que alimenta la incertidumbre.
Las presiones sobre Kicillof crecieron durante las últimas semanas. Dirigentes de La Cámpora insistieron públicamente en la necesidad de que el gobernador fijara una posición más clara respecto de Cristina Kirchner y del rumbo que debería adoptar el peronismo. Sin embargo, el mandatario bonaerense mantuvo su estrategia de no acelerar definiciones y priorizó preservar su margen de maniobra frente a un escenario todavía abierto. Esa postura también refleja que cualquier movimiento prematuro podría fracturar definitivamente un espacio que aún busca conservar algún grado de unidad.
En paralelo, Sergio Massa volvió a convertirse en una pieza central del rompecabezas. Sin ocupar cargos institucionales, el exministro de Economía mantiene un activo diálogo con gobernadores, intendentes y referentes sindicales. Su estrategia parece orientada a esperar que el conflicto entre el kirchnerismo y el sector que responde a Kicillof encuentre un punto de equilibrio antes de asumir un protagonismo mayor. En ese esquema, Massa aparece como uno de los pocos dirigentes con capacidad para dialogar con todos los sectores internos, aunque evita exhibir una candidatura anticipada.
Otro de los focos de tensión gira alrededor de Máximo Kirchner. El presidente del Partido Justicialista bonaerense continúa siendo uno de los principales referentes de La Cámpora y conserva influencia sobre una parte importante de la estructura partidaria. Sin embargo, incluso dentro del peronismo existen sectores que consideran que su nivel de aceptación electoral resulta insuficiente para liderar un proyecto nacional. Esa percepción explica parte de las resistencias que enfrenta cada vez que intenta ampliar su rol político más allá del núcleo kirchnerista.
La eventual eliminación de las PASO agrega un nuevo factor de incertidumbre. Durante la última década, las primarias funcionaron como un mecanismo institucional para canalizar disputas internas sin llegar a una ruptura formal. Si finalmente dejan de existir, las diferencias deberán resolverse mediante acuerdos políticos, negociaciones partidarias o listas de consenso, un escenario que suele favorecer a quienes controlan las estructuras partidarias, pero también aumenta el riesgo de fracturas cuando no existen liderazgos indiscutidos.
En el peronismo conviven hoy varias legitimidades. Cristina Fernández de Kirchner conserva la centralidad política e ideológica; Axel Kicillof representa la gestión más importante que mantiene el espacio; Sergio Massa preserva capacidad de articulación con sectores moderados; mientras gobernadores e intendentes buscan incrementar su peso en las decisiones nacionales. Ninguno reúne por sí solo el volumen político suficiente para ordenar al conjunto.
La discusión, en definitiva, ya no pasa únicamente por quién encabezará una lista. Lo que está en juego es el modelo de conducción del peronismo para los próximos años. Con PASO, la competencia podía canalizarse mediante el voto de los afiliados y simpatizantes. Sin ese instrumento, la disputa volverá a depender de la negociación política, de la capacidad de construir consensos y del equilibrio de poder entre los distintos sectores. Ese desafío aparece hoy como uno de los mayores interrogantes para un movimiento que, históricamente, encontró en el liderazgo fuerte uno de sus principales factores de cohesión.
