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POLÍTICA

24 de octubre de 2026 · 13:29

Malvinas, hasta que habla Washington: Milei baja el tono y su ley de soberanía queda en pausa

El Presidente presentó las sanciones contra las empresas que explotan recursos en las islas como un hito histórico, pero la llegada de funcionarios de Donald Trump coincidió con la postergación del proyecto y la negociación de cambios. Estados Unidos puso sobre la mesa los intereses de sus compañías; la Casa Rosada empezó a recalcular. La contradicción entre la épica malvinera y la realpolitik libertaria quedó expuesta.

Malvinas, hasta que habla Washington: Milei baja el tono y su ley de soberanía queda en pausa

Javier Milei había elegido Malvinas como uno de los escenarios para mostrar una versión de sí mismo que no suele ocupar el centro de su discurso: la del presidente dispuesto a confrontar con quienes explotan recursos que la Argentina considera propios. En septiembre anunció una ofensiva contra las empresas vinculadas con la búsqueda de petróleo en el Atlántico Sur, abrió procedimientos sancionatorios, impulsó denuncias y envió al Congreso una nueva Ley de Defensa de la Soberanía Nacional. En la Asamblea General de las Naciones Unidas llegó a cuestionar a los organismos internacionales por su falta de consecuencias frente a los incumplimientos y aseguró que la Argentina no se quedaría esperando. Un mes después, sin embargo, el proyecto que debía convertir aquella promesa en una herramienta legislativa más amplia quedó atrapado entre los reclamos empresarios, la preocupación de Washington y las negociaciones del propio oficialismo.


La secuencia política es difícil de ignorar. El 17 de septiembre, la Oficina del Presidente presentó el proyecto como un avance legal sin precedentes y pidió a toda la dirigencia que dejara de lado otras discusiones para darle prioridad. La iniciativa busca endurecer las sanciones contra quienes participen directa o indirectamente en actividades hidrocarburíferas que el Estado argentino considera ilegítimas en la plataforma continental, incluidas las firmas vinculadas con el proyecto petrolero Sea Lion. El texto también amplía el alcance sobre accionistas, proveedores y empresas asociadas, con restricciones que podrían comprometer la posibilidad de desarrollar negocios en el territorio continental argentino. Aquella convocatoria a acelerar el tratamiento contrasta con el escenario actual: el debate en comisiones fue postergado hasta el 27 de octubre y el Gobierno negocia modificaciones mientras intenta evitar un choque con su principal socio internacional.

La preocupación de Estados Unidos dejó de circular solamente por canales reservados cuando Christopher Landau, vicesecretario de Estado y uno de los principales funcionarios diplomáticos de la administración de Donald Trump, la expresó públicamente. Antes de reunirse con Milei en la Casa Rosada, Landau sostuvo que Washington seguía los intereses de sus empresas y consideró natural que su país se ocupara de protegerlos. Al mismo tiempo, aclaró que respetaba el proceso legislativo argentino. La fórmula diplomática fue medida, pero el mensaje tuvo destinatario: la legislación que Milei había presentado como una herramienta para defender la soberanía podía afectar a compañías estadounidenses por sus vínculos financieros, comerciales o societarios con las firmas involucradas en la explotación de recursos en las islas.

El encuentro presidencial del viernes 23 de octubre, que se extendió durante aproximadamente una hora y media, ocurrió después de una semana de contactos entre funcionarios de ambos países. Landau llegó acompañado por Juan Pablo Segura, responsable adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, y estuvo también el embajador estadounidense en Buenos Aires, Peter Lamelas. La visita se produjo luego de una conversación telefónica entre Milei y el secretario de Estado, Marco Rubio. No se difundió públicamente una orden de Rubio para retirar la ley ni una transcripción de la reunión que permita atribuirle esa instrucción textual. Pero tampoco hace falta inventar una escena secreta para advertir el dato político central: Washington manifestó su preocupación por el alcance de las sanciones, sus representantes llegaron al despacho presidencial y, en paralelo, el proyecto perdió velocidad en el Congreso.

El Gobierno argentino intenta presentar el conflicto como una discusión técnica sobre la redacción de la norma. El canciller Pablo Quirno reconoció que la legislación vigente necesita mejoras para darle al país mejores herramientas de defensa y sostuvo que el proyecto no está dirigido contra una empresa en particular. Según su explicación, las compañías deberían elegir entre mantener operaciones que la Argentina considera ilegítimas en Malvinas o aprovechar las oportunidades de inversión del territorio continental, en especial las vinculadas con Vaca Muerta. La cuestión es que una ley diseñada para ampliar la capacidad sancionatoria del Estado ahora se revisa precisamente por el alcance que podrían tener esas sanciones sobre intereses empresarios extranjeros. El debate ya no se limita a cómo defender la soberanía: también gira alrededor de qué inversores podrían quedar expuestos y de qué costos diplomáticos está dispuesto a asumir el Gobierno.

El problema no es menor. El proyecto Sea Lion, impulsado por la británica Rockhopper Exploration y la israelí Navitas Petroleum, apunta a explotar hidrocarburos en aguas circundantes a las Malvinas bajo licencias que la Argentina rechaza. La discusión sobre las sanciones incluye no solo a quienes operan directamente en ese emprendimiento, sino también a firmas que los financian, les prestan servicios o mantienen vínculos societarios con ellas. Esa amplitud es justamente la que generó reparos en compañías estadounidenses y en sectores de la administración de Trump. La preocupación no apareció después de que la ley estuviera aprobada: llegó mientras el oficialismo buscaba reunir apoyos parlamentarios y definir el texto definitivo. Por eso, la postergación no puede leerse como un episodio aislado del trámite legislativo, sino como parte de una negociación que se desarrolla bajo presión económica y diplomática.

La contradicción se vuelve todavía más visible cuando se compara esta cautela con el tono que Milei había elegido semanas antes. El 4 de septiembre, Presidencia anunció procedimientos sancionatorios contra 45 personas y empresas; cuatro días después informó otros 15 casos. El 7 de septiembre, además, comunicó una denuncia penal contra compañías vinculadas con el proyecto petrolero. El 28 de septiembre anunció el inicio de un arbitraje internacional para intentar impedir el avance de Sea Lion. Y el 2 de octubre celebró que Halliburton confirmara que ninguna de sus filiales prestaría servicios ni participaría en actividades hidrocarburíferas en las islas. Es decir, la Casa Rosada ya había desplegado medidas concretas y las había presentado como resultados de una estrategia firme. Ahora, cuando el paso siguiente exige blindar esa estrategia mediante una ley más amplia, el impulso se encuentra condicionado por las consecuencias que podría tener para las relaciones con Washington.

Hay, además, una dimensión internacional que complica el relato oficial. Mientras Milei defendía ante la ONU la soberanía argentina y reclamaba que las resoluciones internacionales tuvieran consecuencias, Estados Unidos cuestionó el funcionamiento de organismos multilaterales y propuso disolver el Comité Especial de Descolonización, un ámbito relevante para el reclamo argentino. Landau sostuvo que esa iniciativa formaba parte de la agenda general de reforma de Naciones Unidas y pidió que no se interpretara como una decisión dirigida específicamente contra la posición argentina sobre Malvinas. Quirno, por su parte, admitió la importancia del comité, aunque afirmó que la desaparición de ese ámbito no afectaría el fundamento del reclamo. La escena deja una tensión evidente: el Gobierno argentino reivindica la soberanía y la necesidad de hacer valer las resoluciones internacionales, pero su aliado estratégico impulsa cambios que debilitarían uno de los espacios multilaterales donde esa causa se mantiene activa.

El oficialismo tiene motivos políticos y económicos para evitar una pelea abierta. Milei construyó una relación privilegiada con Trump y convirtió el alineamiento con Estados Unidos en uno de los ejes de su política exterior. En ese marco, enfrentarse con Washington por la aplicación de sanciones a compañías vinculadas con fondos y negocios estadounidenses tendría un costo que excede la discusión sobre Malvinas. Pero también existe un costo interno: después de presentar el proyecto como una decisión histórica y pedir prioridad absoluta para su tratamiento, cualquier recorte sustancial de su alcance puede ser leído como un retroceso respecto de las propias promesas presidenciales. El Gobierno queda así ante una disyuntiva incómoda: sostener el texto y afrontar la resistencia de un aliado estratégico, o modificarlo y explicar por qué una iniciativa proclamada como decisiva necesita ahora moderarse.

La discusión legislativa será una prueba concreta para medir hasta dónde llega la ofensiva. El tratamiento previsto para el 27 de octubre permitirá observar si el oficialismo mantiene las sanciones en los términos anunciados, limita su aplicación para proteger a determinadas compañías o vuelve a postergar la definición. También habrá que mirar qué ocurre con los procedimientos administrativos ya iniciados y si el Gobierno está dispuesto a aplicarlos cuando las consecuencias puedan alcanzar intereses económicos sensibles para Estados Unidos. No es lo mismo anunciar sanciones que sostenerlas cuando aparecen los primeros costos diplomáticos. Y no es lo mismo reivindicar Malvinas en un discurso que aceptar que esa reivindicación condicione decisiones económicas y estratégicas.

La causa Malvinas atraviesa gobiernos, partidos y generaciones; no pertenece a una administración ni puede reducirse a una herramienta de comunicación presidencial. Por eso, la pregunta que deja esta semana no es si Milei pronunció palabras firmes sobre la soberanía: lo hizo. La pregunta es qué parte de esa firmeza sobrevivirá al momento de convertirla en ley. Porque, cuando la defensa de los recursos argentinos empieza a chocar con los intereses de empresas estadounidenses, la épica presidencial se encuentra con una realidad menos cómoda: el Gobierno deberá demostrar si su política sobre Malvinas se sostiene por convicción y decisión de Estado o si su alcance termina negociándose según las necesidades de su alianza con Washington.

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