Victoria Villarruel aprovechó su participación en el XII Foro Parlamentario Iberoamericano, realizado en Madrid, para plantear una agenda económica que vuelve a diferenciarla del rumbo que impulsa Javier Milei. Frente a parlamentarios de la comunidad iberoamericana, la vicepresidenta puso en el centro de su discurso a la producción, el trabajo, las pequeñas y medianas empresas y la necesidad de políticas públicas destinadas a acompañar la transformación tecnológica.
El eje de su exposición estuvo puesto en uno de los grandes desafíos que atraviesan las economías: el impacto de la inteligencia artificial y la automatización sobre el empleo. Villarruel sostuvo que la discusión no puede quedar reducida a una cuestión tecnológica y afirmó que se trata de una “encrucijada humana”. En esa línea, sostuvo que no habrá un Estado eficiente ni una democracia plena si “el ser humano que trabaja” no ocupa el centro de la innovación.
La vicepresidenta fue todavía más concreta cuando habló de las pequeñas y medianas empresas. Allí reclamó que los Estados y los Parlamentos intervengan con “programas audaces” de apoyo a las PyMEs, a las que definió como el verdadero motor del empleo. Su argumento fue que una reconversión tecnológica sin políticas de acompañamiento puede ampliar la desigualdad y concentrar los beneficios de la nueva economía en grandes compañías y sectores altamente tecnológicos.
El otro concepto que sobresalió fue el de industrialización. Villarruel reclamó “políticas públicas serias que defiendan el arraigo federal y la industrialización”, una definición que coloca al Estado en un lugar activo dentro de la estrategia productiva. No se trató solamente de una defensa abstracta de la industria: su planteo vinculó producción, empleo, territorio y desarrollo tecnológico como partes de una misma discusión.
Pero el discurso tuvo también un límite que resulta significativo. Villarruel no presentó como solución una política de subsidios permanentes. Por el contrario, sostuvo que frente al desafío del empleo “la respuesta jamás puede ser el repliegue asistencialista ni la resignación de un subsidio permanente” y afirmó que ninguna transferencia económica puede sustituir la dignidad del trabajo. De esta manera, su propuesta combina intervención pública con una reivindicación explícita del empleo formal y la producción.
Ahí aparece el contraste más evidente con Javier Milei. En su discurso del Madrid Economic Forum de marzo de 2026, el Presidente presentó la apertura y la desregulación como pilares de su programa y cuestionó explícitamente las políticas de protección bajo el argumento de la “industria nacional”. Milei sostuvo entonces que la industria argentina llevaba décadas de protección y defendió la competencia y la apertura comercial como mecanismos para aumentar productividad, salarios y empleo.
La Casa Rosada mantuvo esa orientación durante 2026. El Gobierno presentó la apertura comercial como un camino hacia una economía más competitiva y avanzó en acuerdos y medidas destinadas a reducir barreras al comercio. En mayo, el jefe de Gabinete Manuel Adorni definió la apertura comercial como “el único camino posible hacia la prosperidad de los argentinos”.
Sin embargo, el cuadro es más complejo que una simple oposición entre “Estado” y “mercado”. El propio Gobierno de Milei adoptó durante 2026 distintas medidas destinadas a favorecer actividades productivas: extendió el Régimen de Aduana en Factoría a todas las industrias, reglamentó el RIMI para inversiones de medianas empresas, simplificó la importación de maquinaria usada y eliminó progresivamente derechos de exportación para productos industriales. La diferencia con Villarruel está menos en si el Estado puede tomar medidas para favorecer la producción y más en qué lugar debe ocupar el Estado, con qué instrumentos y frente a qué modelo de desarrollo.
Los datos de la economía industrial ayudan a entender por qué el planteo tiene relevancia. Según el INDEC, el Índice de Producción Industrial Manufacturero registró en julio una caída interanual del 4,9% y acumuló una baja del 2,6% durante los primeros siete meses de 2026. La utilización de la capacidad instalada industrial se ubicó en julio en 58,2%, prácticamente en el mismo nivel que un año antes. Al mismo tiempo, las importaciones de agosto alcanzaron los US$6.696 millones, mientras las exportaciones llegaron a US$8.883 millones.
Es justamente sobre ese escenario donde el discurso de Villarruel adquiere una dimensión política. Mientras Milei plantea que la competencia externa, la apertura y la reducción de regulaciones deben obligar a la economía argentina a ganar productividad, la vicepresidenta puso el acento en la capacidad del Estado para acompañar a las empresas más pequeñas, preservar capacidades productivas y evitar que la transformación tecnológica deje trabajadores y regiones enteras fuera del proceso. Son dos énfasis diferentes frente a un mismo problema: cómo transformar la estructura productiva argentina sin dejar al empleo en segundo plano.
La diferencia no apareció aislada. Villarruel llegó a Madrid con una agenda internacional propia, en paralelo al viaje de Milei a Francia. Antes del foro se reunió con el presidente del Senado español, Pedro Rollán, y participó junto a cuatro senadores argentinos. Durante su estadía mantuvo además encuentros con el parlamentario paraguayo Francisco Petersen Veiluva; con la presidenta del Senado de Chile, Paulina Núñez Urrutia; con el presidente de la Cámara de Diputadas y Diputados chilena, Jorge Alessandri; con el secretario general iberoamericano, Andrés Allamand, y con el vicepresidente del Parlamento Europeo, Esteban González Pons.
El escenario también tuvo una particularidad institucional: mientras Milei desarrollaba su agenda en Francia, Villarruel estaba en España y el Poder Ejecutivo quedó transitoriamente a cargo del presidente provisional del Senado, Bartolomé Abdala. El contraste geográfico terminó acompañando otro contraste político: mientras el Presidente defendía ante empresarios y dirigentes económicos su programa de reformas, la vicepresidenta utilizaba un foro parlamentario internacional para reivindicar producción, empleo, PyMEs e industrialización.
Villarruel no anunció desde Madrid un programa económico alternativo ni tiene, por su cargo, la conducción directa de la política económica nacional. Pero sus palabras sí tienen peso político porque vuelven a colocar en público una diferencia que excede una cuestión de estilo: qué debe hacer el Estado frente a la industria, las pequeñas empresas y los trabajadores cuando la economía atraviesa una transformación tecnológica acelerada.
Y en ese punto el mensaje fue difícil de confundir. En Madrid, Villarruel no habló de una Argentina que deba simplemente adaptarse a la competencia global. Habló de un Estado que acompañe, de PyMEs que necesiten herramientas, de regiones que deban conservar capacidad productiva y de un trabajador que no puede quedar relegado frente a la tecnología. Un discurso que, sin proponer volver al esquema de subsidios permanentes, se ubica claramente en otro lugar del debate económico que el que Milei viene planteando desde la Casa Rosada.