POLÃTICA
19 de marzo de 2026
Quirno no desmintió, Lanari dijo que sí y la Armada entró en pánico: Argentina en el borde de Ormuz
Un abogado republicano radicado en Jerusalén publicó ayer que Argentina enviaría unidades navales al Estrecho de Ormuz para ayudar a Trump. El canciller Quirno dijo que son “rumores” pero no los desmintió. El secretario de Comunicación Lanari fue más lejos: “Si lo solicitara Estados Unidos, sí.” La Armada Argentina reaccionó con preocupación interna y fue brutalmente honesta: “La gente es buena, pero no hay fierros.” Ningún aliado tradicional de Washington quiere ir a Ormuz. El Reino Unido dijo que no. Alemania también. Italia también. Y en ese vacío, el alineamiento incondicional de Milei con Trump convirtió a Argentina en el candidato más visible para una misión que ningún país del mundo está dispuesto a aceptar. El precio que propone el republicano: el apoyo de EE.UU. a la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas.
El tuit que sacudió al gobierno argentino ayer a la tarde tiene apenas tres oraciones. Lo publicó Marc Zell, vicepresidente de Republicans Overseas y presidente de Republicans Overseas Israel, un abogado estadounidense-israelí radicado en Jerusalén graduado en Princeton y Maryland, que lleva décadas funcionando como nexo entre la política de Washington y Tel Aviv, que movilizó 300.000 votantes para la victoria de Trump en 2024 y que fundó su estudio junto a Douglas Feith, quien fue subsecretario de Defensa de George W. Bush. No es un improvisado ni un troll de redes. Es alguien que sabe exactamente lo que dice y para quién lo dice. Su mensaje fue directo: “Argentina está enviando unidades navales para ayudar a Estados Unidos a salvaguardar el tráfico marítimo internacional en el Estrecho de Ormuz. El Reino Unido se ha negado.” Antes de que cerrara la noche, las fuentes oficiales confirmaron que la afirmación es falsa: Argentina no envió ni tiene planificado enviar buques. Pero lo que siguió en Buenos Aires fue más revelador que el propio tuit.
El canciller Pablo Quirno salió a hablar en A24 y eligió una frase que en la diplomacia equivale a no decir nada: “Vamos a hablar sobre certezas, no sobre rumores. Son rumores. Está claro dónde nosotros estamos parados.” No dijo que era falso. No dijo que Argentina no enviaría buques. No llamó a Zell para desmentirlo. El secretario de Comunicación Javier Lanari fue más explícito en diálogo con el diario español El Mundo: “Si lo solicitara Estados Unidos, sí. Cualquier ayuda que ellos consideren se dará.” Aclaró que no hay un pedido formal. Pero la puerta quedó abierta de par en par. En la Armada Argentina, mientras tanto, la reacción fue diferente y mucho más concreta. Una fuente castrense de alto rango le dijo a La Política Online lo que ningún funcionario civil quiso decir en público: “La política no tiene noción de lo obsoleto de nuestros recursos. La gente es buena, pero no hay fierros.”
Y los “fierros” que no hay tienen nombre y apellido. La Armada tiene 29 buques, pero para una misión de esta naturaleza se necesitarían al menos tres destructores, de los cuales uno no está operativo, y seis corbetas. La más nueva de esas corbetas es la ARA Gómez Roca, cuyo contrato firmó Massera en la dictadura y que recibió Néstor Kirchner en 2004. Veintidós años de antigüedad en la embarcación más moderna de la flota. A ese inventario se suma el capítulo de los F-16: mientras el Gobierno festejó su llegada como señal de modernización militar, Europa ya los considera obsoletos y los está reemplazando por los F-35. “Son chatarra”, dijeron fuentes militares que el canciller Quirno salió a desmentir con evidente incomodidad. El cuadro completo es el de unas Fuerzas Armadas que el discurso oficial presenta como modernas y listas mientras los propios militares describen en privado una realidad radicalmente diferente. A eso se suman dos obstáculos legales que ningún entusiasmo presidencial puede ignorar: el envío de fuerzas militares al exterior requiere autorización del Congreso de la Nación, y los buques disponibles no están en condiciones operativas de realizar navegaciones de esa magnitud.
El contexto global en el que apareció el tuit de Zell explica perfectamente su lógica. Trump necesita una coalición naval para escoltar buques comerciales por el Estrecho de Ormuz, donde la Guardia Revolucionaria iraní declaró el 2 de marzo que el paso estaba “cerrado” y advirtió que cualquier buque que intentara cruzarlo podría ser atacado. Según datos de MarineTraffic, más de veinte grandes petroleros abandonaron el Golfo Pérsico en las semanas posteriores al inicio del conflicto. El 20% del petróleo mundial pasa por esas aguas. Y nadie quiere ir. Washington pidió apoyo a China, Francia, Japón, Corea del Sur y Reino Unido. Ninguno confirmó su participación. Alemania descartó participar. Italia dijo que no estaba implicada en operaciones militares en Ormuz. Trump rechazó en redes la oferta tardía del Reino Unido calificándola de insuficiente. Los aliados de la OTAN confirmaron el 16 de marzo que no tienen planes de enviar buques. En ese escenario de rechazos y silencios generalizados, el alineamiento verbal incondicional de Milei con Trump —“Irán es nuestro enemigo”, “vamos a ganar la guerra”, declarado en Nueva York— convirtió a Argentina en la única candidata disponible para ocupar el lugar que todos los demás rehúsan.
La propuesta de Zell invierte una ecuación histórica que los argentinos conocen bien. En 1982, la administración Reagan apoyó a la primera ministra Margaret Thatcher cuando el Ejército argentino ocupó las Islas Malvinas: inteligencia compartida, misiles Sidewinder, presión diplomática del lado británico. Cuarenta y cuatro años después, Zell da vuelta el tablero con una lógica que es difícil de ignorar: si el Reino Unido le da la espalda a Trump y Argentina le tiende la mano, es razonable que Washington reconsidere en cuál de los dos deposita su respaldo soberano. “En vista de la cobarde negativa del Reino Unido a apoyar a EE.UU., sería apropiado que la administración Trump considere revertir su política sobre las Malvinas y apoye la reclamación argentina”, escribió Zell. El periodista y empresario mediático Daniel Hadad, con buenos lazos con el Departamento de Estado, salió a amplificar esa lectura con entusiasmo. No es la primera vez que Argentina va a Ormuz: durante la Operación Alfil de 1991, el destructor ARA Almirante Brown y la corbeta ARA Spiro operaron en el Golfo Pérsico bajo el gobierno de Menem. Esa vez había autorización del Congreso, había fondos para la operación y había una flota en mejores condiciones. Hoy, ninguna de esas tres condiciones está garantizada.
Lo que el tuit de Zell deja al descubierto es la fragilidad de la política exterior de Milei cuando se la lleva a sus consecuencias prácticas. Declarar a Irán enemigo desde un auditorio universitario en Nueva York tiene un costo que los aplausos tapan. No desmentir que Argentina enviará buques a una zona de guerra activa tiene otro costo que los aplausos tampoco cubren. El Tehran Times ya publicó su amenaza explícita contra Argentina. El Estrecho de Ormuz ya tiene buques en riesgo. Y la Armada Argentina, con la flota más envejecida de su historia reciente —corbetas diseñadas en la era de Massera, F-16 que Europa ya descartó— escucha cómo sus propios funcionarios civiles no descartan mandarla a una guerra en el otro extremo del planeta sin autorización del Congreso, sin presupuesto y sin los “fierros” para hacerlo. El alineamiento incondicional tiene precio. Y esta semana, ese precio empezó a tener coordenadas geográficas precisas: 26° 35’ N, 56° 15’ E. El Estrecho de Ormuz.
